Winston Leonard Spencer Churchill (1874-1965) tuvo una vida cuya realidad superó a la ficción.
Su personalidad determinó la suerte del mundo del siglo XX. Él fue la herramienta que se le brindó a la humanidad para evitar el mundo que planteaba el nacional socialismo y el fascismo de Hitler y Mussolini.
En el Reino Unido fue ministro del interior, primer lord del almirantazgo, ministro de hacienda, líder del partido Conservador, jefe de la oposición y finalmente, Primer Ministro.
Para el mundo fue un gran estadista, excelente orador, periodista, corresponsal de guerra y escritor galardonado con el Premio Nobel de Literatura.
Churchill fue todo eso y además tuvo una familia con un matrimonio de toda una vida hasta sus 92 años.
Clementine Hozier, su esposa, no aceptó pensiones ni asistencias del gobierno cuando murió Churchill.
No tuvo jubilación de privilegio y desarrolló una vida en el sector privado cuando no estaba cumpliendo funciones de Estado.
Cuando estoy asqueado, cada tanto, leo sobre algún político de novela. Para matizar un poco, para desintoxicarme de tanta mediocridad autóctona.
Es que cansa y hastía la realidad pequeña. Cansa esa cosa pigmea de hombres insectos que se quedan en el puterío chiquito.
Lord Randolph acusaba a su hijo de ignorante y eso motivó a Churchill a instruirse. A los 23 años, durante sus reposos forzados de las calurosas tardes de Bangalore (destinado como subteniente en África) se propuso leer para recuperar el tiempo perdido en su rebelde etapa escolar.
En siete meses leyó los 8 volúmenes de la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano de Gibson, luego los 4 volúmenes de los Ensayos de Macaulay, los 8 volúmenes de la Historia de Inglaterra del mismo autor, La República de Platón, La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, el Ensayo sobre los Principios de la Población de Malthus, Los Problemas Fundamentales de la Ética, de Schopenhauer, El Origen de la Especies de Darwin y 30 volúmenes del Annual Register, La Crónica Anual de la Vida Política y Parlamentaria Británica. Todo en 7 meses de servicio en Bangalore.
Churchill leía tres o cuatro obras al mismo tiempo, las turnaba para no aburrir y ejercitar la concentración y la memoria. Es así como, después, durante su vida de parlamentario, citaba textual páginas enteras de memoria durante sus magistrales discursos.
Su lectura no era elegida al azar… historia, política, economía, evolución constitucional, registros del parlamento…. Se esmeraba en prepararse con un propósito, servir a su país. No servirse de el.
¿Por qué te cuento sobre Churchill? Es una vara muy alta porque fue un gran estadista, pero tengo la esperanza de que lea esta columna alguno de nuestros autodidactas locales y, en una de esas, le sirva para reflexionar sobre su desempeño, sobre su lealtad con la palabra empeñada y su relación con el mandato de sus votantes. Ojalá lean, entiendan y reflexionen.
Les cuento sobre la política en serio que hizo un estadista para que no nos enojemos con la política, que es un arte.
Algunos “equivocados” entienden que es el arte de mentir y de robar. Es por eso que fueron por todo…. pero ahora están en fase Comodoro Py rumbo a cárcel de Ezeiza.
Esta columna va dedicada a nuestros rosqueros, que entre candidaturas testimoniales y artilugios para prolongar la era de escribanía siguen haciendo popó con la puerta abierta.
Churchil cambió de partido por no traicionar sus ideales… hay quien cambia de ideales para trepar en el partido y hay quienes no saben lo que es un ideal… ni entienden a la democracia como la necesidad de doblegarse, de vez en cuando, a las opiniones de los demás.
Parece que la historia seguirá de repudio en repudio… una lástima, señal que no están entendiendo lo que les demandamos.
Juan Martín Perkins
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