miércoles, 9 de julio de 2014

La Dama Calchaquí

Un día soñado en que entramos a los valles Calchaquíes desde Salta “la linda” por la Cuesta del Obispo y recorrimos extasiados el camino que nos depositó en Cachi, tuve un shock de conciencia de esos que solo te vienen con la ayuda de un escenario tan acojonante.

Recuerdo que recorríamos las parrillas en que atendían a los contingentes de hambrientos turistas que devoraban chivitos a mansalva, cuando me quedé tildado con una mujer que trabajaba de moza. La observé unos instantes, tenía el aspecto típico norteño. Esa expresión humilde, humildísima, esa piel curtida por la sequedad que hace que la edad sea incalculable entre los 25 y 60 años.

Ella caminaba como un ánima yendo y viniendo entre las mesas como si todo su mundo fuera eso, la presa del chivo y la ensalada mixta con vino del valle y pan casero.

Los chivos cruzaban la calle entre las 4x4 y enfilaban hacia el puente que cruzaba el arroyo. Nadie reparaba en nadie porque el paisaje se robaba toda la atención. El paisaje y el hambre de chivito asado.

Los patrones y comensales con aspecto de habitantes de Aldo Bonzi. Mucha yoguineta color lila e incluso blanca, estilo Laurence de Arabia. Mucho porteño arrogante y gritón, de esos que te dan ganas de dinamitarles las amígdalas para recuperar la paz del lugar… pero ella estaba allí, distinta a todos.

Amable, silenciosa y lenta, muy lenta.

Antes de irme, después de comer, me arrimé y cruce unas palabras. Lo de rigor, el clima, los lugares para visitar, de donde era, como es la vida permanente en el lugar…

Al final, le pregunté si hacia mucho que no iba a Salta.

Nunca he ido, pues. No conozco la capital de la provincia, señor. Como si Salta quedara en los confines de la tierra.

Pero seguramente conocerás la Cuesta del Obispo….

No señor, no he salido del valle.

Siempre me acuerdo de su carita y pienso en ella. En su mundo pequeño o inmenso según desde donde se lo mire.

Pienso en la cantidad de realidades distintas que vivimos los seres humanos y como todos somos nosotros y nuestra circunstancia.

Esa mujer simple de mundo grande o pequeño me impresionó tanto como el paisaje y ahora, que hace un año de nuestro paso por Cachi, siento necesidad de volver.

Quiero llevar a mis hijas para que puedan vivir la experiencia de convivir con la grandeza de la humildad extrema, la experiencia de tomar contacto con el todo disfrazado de la nada, para que aprendan a descifrarlo, para que sientan esas ganas de llorar de emoción por sentirte tan pequeño y partícipe de semejante cuadro de creación.

En julio me voy a Salta y volveré a recorrer los valles. Quiero tocar el cielo con las manos.

jmp

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