Algunos episodios siniestros como para entender porqué se llega a la guerra, aunque muchos se resistan a aceptar el término.
Todavía, a tantos años, hay cola de ideólogos para explicar que decir “guerra” es convalidar un genocidio.
El deporte predilecto de los banalizadores de las palabras es prohibir la pronunciación del término “guerra” y recitar dictadura y genocidio.
En octubre del ´74 se produce otra atroz vuelta de tuerca sobre el caso “Aramburu”.
Un comando terrorista violenta la puerta del panteón familiar que guarda sus restos en el cementerio de La Recoleta.
Roban el cadáver y los argentinos se estremecen nuevamente ante una losa profanada y vacía. El féretro fue abandonado en una camioneta el mismo día que trajeron al país los restos de Eva Perón.
Un canje siniestro, macabro y vergonzoso en un escenario donde se habían sobrepasado todas las barreras morales.
Unos días antes, en septiembre, Juan y Jorge Born, ejecutivos de la empresa Bunge y Born fueron secuestrados.
Los terroristas subversivos asesinaron durante el operativo a Alberto Bosch, alto ejecutivo de la empresa Molinos Río de La Plata y amigo personal de los hermanos Born.
En noviembre, con un despliegue aterrador y ante las cámaras de televisión, llegan los restos de E. Perón.
Armas, armas modernas exhibidas de manera pornográfica. Armas sofisticadas en una negra fiesta de armas y hombres sin uniforme. Hombres de gesto adusto, implacable.
¿Quiénes eran? ¿Qué había detrás de esas caras de acero?
Una escena que no se puede olvidar, sin embargo, los argentinos de esa época hacen como que no ocurrió. Y las generaciones que vinieron después no te creen cuando les contas. Pero ocurrió.
Como el asesinato del comisario Villar y su esposa mientras investigaba un atentado en la embajada de Chile.
El comisario inspector, jefe de policía, sale a dar un paseo en lancha con su esposa, unos segundos después de soltar amarras la lancha vuela en mil pedazos. Villar y su mujer mueren en la explosión y el terrorismo consuma uno mas de sus crímenes. Otro crimen. Otro golpe impune en la cara del país.
Te suena Humberto Antonio Viola? Capitán, tucumano de 31 años.
Llegando a la casa de sus padres, como todos los domingos junto a su familia, es interceptado y rodeado por un circulo infernal. Gritos, confusión y un mundo que parece estallar.
Viola trata de defenderse y defender a los suyos pero las balas lo matan en el acto.
En la parte trasera del auto yace muerta también su hija María Cristina de 3 años. Otra bala se clava en la cabeza de su otra hija, María Fernanda de 6 años.
En la puerta de la casa de Ayacucho 233, pleno centro tucumano, aterrada, la mujer del capitán de la V Brigada de Ejercito, María Cristina de 26 años ve como, en unos segundos, se derrumba su mundo.
Partida por el dolor, embarazada de 3 meses, despide en el cementerio de Yerba Buena a su marido y su hijita menor y corre al sanatorio donde los médicos intentan salvar a María Fernanda que lucha por su vida.
Pasa el tiempo. María Fernanda se salva y nace Luciana. La viuda de Viola acepta con fortaleza el oficio de vivir pero lo que le ha ocurrido -el caso Viola- va mucho mas allá de los secuestros, de los atentados y de crímenes anteriores. Va mucho mas allá de la pesadilla que habían desatado con la delincuencia subversiva. En adelante, el caso Viola será un símbolo.
A partir de éste episodio de la calle Ayacucho los argentinos saben a que atenerse. Saben, ya sin dudas, que clase de enemigo tienen que enfrentar. Saben que las balas de ese enemigo no reconocen límites. Saben que para las balas, no hay diferencia entre hombres de uniforme, sus mujeres, sus hijos….
Muchas veces el capitán Viola le habrá dicho a su mujer que todos corrían peligro porque esto era una guerra. ¿O habrá pensado que con las familias no se iban a meter?
Este enemigo atravesaba todas las barreras morales. Lo que se entablaba no era una lucha convencional. Era una lucha sórdida, desconocida para los argentinos que no la habían visto ni en películas.
Muy poco después, en febrero, el ejército montó en Tucumán el operativo Independencia.
Por primera vez la Argentina afrontaba la lucha contra la subversión en forma profesional, organizada, masiva y sin cuartel.
Muchos soldados caerían en el frente pero el terrorismo sería derrotado en el campo de batalla.
El caso Viola, la tragedia de la calle Ayacucho de San Miguel de Tucumán fue la bandera y el móvil.
El Capitán Humberto Antonio Viola y su hija María Cristina no murieron en vano.
Algún día habrá que reconocerlo.
Hasta la semana próxima.
jmp
Todavía, a tantos años, hay cola de ideólogos para explicar que decir “guerra” es convalidar un genocidio.
El deporte predilecto de los banalizadores de las palabras es prohibir la pronunciación del término “guerra” y recitar dictadura y genocidio.
En octubre del ´74 se produce otra atroz vuelta de tuerca sobre el caso “Aramburu”.
Un comando terrorista violenta la puerta del panteón familiar que guarda sus restos en el cementerio de La Recoleta.
Roban el cadáver y los argentinos se estremecen nuevamente ante una losa profanada y vacía. El féretro fue abandonado en una camioneta el mismo día que trajeron al país los restos de Eva Perón.
Un canje siniestro, macabro y vergonzoso en un escenario donde se habían sobrepasado todas las barreras morales.
Unos días antes, en septiembre, Juan y Jorge Born, ejecutivos de la empresa Bunge y Born fueron secuestrados.
Los terroristas subversivos asesinaron durante el operativo a Alberto Bosch, alto ejecutivo de la empresa Molinos Río de La Plata y amigo personal de los hermanos Born.
En noviembre, con un despliegue aterrador y ante las cámaras de televisión, llegan los restos de E. Perón.
Armas, armas modernas exhibidas de manera pornográfica. Armas sofisticadas en una negra fiesta de armas y hombres sin uniforme. Hombres de gesto adusto, implacable.
¿Quiénes eran? ¿Qué había detrás de esas caras de acero?
Una escena que no se puede olvidar, sin embargo, los argentinos de esa época hacen como que no ocurrió. Y las generaciones que vinieron después no te creen cuando les contas. Pero ocurrió.
Como el asesinato del comisario Villar y su esposa mientras investigaba un atentado en la embajada de Chile.
El comisario inspector, jefe de policía, sale a dar un paseo en lancha con su esposa, unos segundos después de soltar amarras la lancha vuela en mil pedazos. Villar y su mujer mueren en la explosión y el terrorismo consuma uno mas de sus crímenes. Otro crimen. Otro golpe impune en la cara del país.
Te suena Humberto Antonio Viola? Capitán, tucumano de 31 años.
Llegando a la casa de sus padres, como todos los domingos junto a su familia, es interceptado y rodeado por un circulo infernal. Gritos, confusión y un mundo que parece estallar.
Viola trata de defenderse y defender a los suyos pero las balas lo matan en el acto.
En la parte trasera del auto yace muerta también su hija María Cristina de 3 años. Otra bala se clava en la cabeza de su otra hija, María Fernanda de 6 años.
En la puerta de la casa de Ayacucho 233, pleno centro tucumano, aterrada, la mujer del capitán de la V Brigada de Ejercito, María Cristina de 26 años ve como, en unos segundos, se derrumba su mundo.
Partida por el dolor, embarazada de 3 meses, despide en el cementerio de Yerba Buena a su marido y su hijita menor y corre al sanatorio donde los médicos intentan salvar a María Fernanda que lucha por su vida.
Pasa el tiempo. María Fernanda se salva y nace Luciana. La viuda de Viola acepta con fortaleza el oficio de vivir pero lo que le ha ocurrido -el caso Viola- va mucho mas allá de los secuestros, de los atentados y de crímenes anteriores. Va mucho mas allá de la pesadilla que habían desatado con la delincuencia subversiva. En adelante, el caso Viola será un símbolo.
A partir de éste episodio de la calle Ayacucho los argentinos saben a que atenerse. Saben, ya sin dudas, que clase de enemigo tienen que enfrentar. Saben que las balas de ese enemigo no reconocen límites. Saben que para las balas, no hay diferencia entre hombres de uniforme, sus mujeres, sus hijos….
Muchas veces el capitán Viola le habrá dicho a su mujer que todos corrían peligro porque esto era una guerra. ¿O habrá pensado que con las familias no se iban a meter?
Este enemigo atravesaba todas las barreras morales. Lo que se entablaba no era una lucha convencional. Era una lucha sórdida, desconocida para los argentinos que no la habían visto ni en películas.
Muy poco después, en febrero, el ejército montó en Tucumán el operativo Independencia.
Por primera vez la Argentina afrontaba la lucha contra la subversión en forma profesional, organizada, masiva y sin cuartel.
Muchos soldados caerían en el frente pero el terrorismo sería derrotado en el campo de batalla.
El caso Viola, la tragedia de la calle Ayacucho de San Miguel de Tucumán fue la bandera y el móvil.
El Capitán Humberto Antonio Viola y su hija María Cristina no murieron en vano.
Algún día habrá que reconocerlo.
Hasta la semana próxima.
jmp
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