La historia bajo el signo de la violencia que se inicia con la jura del presidente Campora fue una pesadilla.
Es como un sueño que uno sabe que ha soñado intensamente pero que, después de despertar, no puede recordar.
Como país nos hemos quedado en el momento siguiente al despertar. Confundidos sin poder ¿ni querer? recordar.
Estamos en la mañana que sigue al sueño…. Todavía, después de tantos años!! Nos hemos quedado, sin chistar, con la historia que nos han contado pero nuestra conciencia sabe que la otra historia está allí.
Esas imágenes borrosas, incoherentes, superpuestas nos interpelan cada vez con mas insistencia.
Cuando recuperamos la memoria no nos trae alivio, porque descubrimos con espanto lo que ocultamos en el arcón de las pesadillas.
No fue un sueño
El 25 de mayo de 1973 fue una terrible realidad que tenemos la obligación de recordar.
Esa mañana, la casa de gobierno amaneció resplandeciente. Rosa brillante, recién pintada y ordenada porque así correspondía.
Un nuevo gobierno se establecía inaugurando un nuevo ciclo en el país. El episodio merecía un festejo.
Terminaba un ciclo histórico y comenzaba otro.
Debía ser una fiesta de los argentinos. Era 25 de mayo, estaban todos los símbolos pero no lo fue.
Uniformes militares escupidos, coches volcados y quemados, gritos, corridas amenazas, desbordes y mucho olor a venganza… irrespirable, fétido olor a venganza.
A las 8 de la mañana ya estaba tomada la plaza de mayo. No se festejaba, estaban al acecho dando la imagen de una cacería. En la plaza brillaban las fogatas que luego se extenderían a los autos que ardieron en la calle.
Ese día, la bandera nacional no pudo ser izada porque, aunque la pesadilla recién comenzaba, ya era de temer. Los francotiradores de gargajos se ocuparon del capitán del ejercito encargado de la ceremonia.
Así empezó la fiesta.
Lanusse había citado a su gabinete a las 11. No faltó ninguno, a pesar del riesgo que significaba entrar a la casa de gobierno enfundado en un traje y corbata.
A las 11, la rosada ya era un gigante grafiti de consignas guerrilleras.
Adentro, la situación no era mucho mejor. Lentamente, el salón blanco se fue llenando de gente conocida pero todos amigos, familiares y conocidos de los que asumían el poder. Los otros no se animaron a entrar.
En el primer piso, los que entregaban el poder esperaban la llegada del presidente electo. Desde los balcones se veían claramente los primeros desmanes. Corridas, pedradas que hacían estallar vidrieras de comercios, dependencias oficiales y autos. La policía ni se movía. Todo el marco era parte del festejo porque los celebrantes los amenazaban, les gritaban en la cara y los escupían.
Las tropas militares que estaban en formación para el desfile tuvieron que replegarse y desaparecer luego de una lluvia de escupitajos y agresiones de palabra y hecho.
Los autos ardían bajo la impotente mirada de sus dueños inocentes…. Todo fue posible en medio de esa orgía vana.
Dentro de la rosada el clima de tensión también aumentaba segundo a segundo.
Entró Lanusse con tímidos aplausos y algún frenético silbido que no alcanzó para romper el aire de solemnidad.
El padre Mugíca haciendo la V, Irma Roy, Osvaldo Papaleo, muchos artistas con Solita Silveyra a la cabeza contribuyendo para dar marco.
Cuando entró Campora, comenzó el desborde con gritos, cantos ofensivos y gestos de revancha. Fue como si todas las personas educadas, que estaban conversando animadamente un minuto antes, se hubieran convertido en animales salvajes sobre una presa desgraciada.
No se tocó el himno. Con la banda presidencial y el bastón de mando se cantó la marcha peronista, con los brazos en alto haciendo la V. Gesto de triunfo y V de venganza, en aterradora ceremonia oficial que ya adelantaba lo que iba a pasar después.
Afuera, en la plaza, ya se hablaba del “compañero” presidente y todo estaba permitido. Los granaderos de la escolta del presidente fueron retirados y debieron protegerse detrás de la reja de hierro.
Adentro juraban los ministros. Entre ellos Lopez Rega.
Era como que la realidad se dividía en planos. Como si se desdoblara.
Dos mundos, uno real en el que los personajes se ajustaban a sus roles y otro producto de una imaginación febril.
¿Cuál de los dos mundos era el verdadero?
¿El del presidente Campora tomando juramentos de rigor… o el de los asistentes al acto que cantaban, insultaban, pedían revancha y alzaban las manos para identificarse con una sola de las partes de algo que debía ser de un todo?
Cuando terminó la ceremonia, las autoridades salientes no sabían como abandonar la casa rosada que fue bautizada y mancillada con el apodo de “casa montonera”.
El helicóptero de la fuerza aérea estaba listo en la terraza. Se embarcaron allí todos los ex funcionarios, menos el general Lanusse que se fue en auto hasta su casa en San Isidro.
¿Cómo salió? Nadie se explica, pero sin duda, si algo evitó que ese día se convirtiera en una tragedia, fue su serenidad, su prudencia y capacidad para aguantar agresiones verbales.
Desde ese momento, en que el Ford Fairlane se perdió de vista por avenida Del Libertador, toda la responsabilidad quedó en manos del nuevo gobierno.
Nadie supo nunca como ocurrió algo imprevisible, pero apenas las nuevas autoridades bajaron del estrado, el salón blanco se llenó de “jóvenes idealistas” vestidos con blue jeans y camperas abiertas que dejaban ver armas en las cinturas. Se apoderaron del escenario del traspaso presidencial y empezaron a saltar y cantar consignas que ya no eran frases hirientes ni ofensivas. Ahora eran verdaderos gritos de guerra!!!
Alguien cruzó el salón blanco con una gran bandera argentina como capa. La misma bandera que no dejaron izar en la plaza.
¿Qué héroe anónimo era ese sujeto como para merecer la gloria de vestirse con una bandera en ese lugar?
¿Qué nuevo orden era el que lo permitía?
Ese festejo parecía una invención de nuestros ojos pero era real. Estaban allí, gritando y saltando mientras ofendían y amenazaban. Rompiendo todo a su paso, abriendo las puertas para sumar la plaza al festejo, por horas hasta que la noche hizo que la vergüenza mudara de escenario hasta la cárcel de Villa Devoto y a todas las cárceles que abrieron sus puertas para que la fiesta fuera un río de sangre total.
Un gabinete para el recuerdo al que hay que hacer cargo.
Jorge Taiana-Educación, Jose Ber Gelbard-Economía, Juan Carlos Puig-Relaciones Exteriores, Antonio Benitez-Justicia, Ricardo Otero-Trabajo, Esteban Righi-Interior, José Lopez Rega-Bienestar Social
Todos socios participes necesarios de la historia que nunca nos cuentan.
Próximo capítulo: “La noche negra del 25” guerrilleros en libertad.
Hasta la próxima.
jmp
Es como un sueño que uno sabe que ha soñado intensamente pero que, después de despertar, no puede recordar.
Como país nos hemos quedado en el momento siguiente al despertar. Confundidos sin poder ¿ni querer? recordar.
Estamos en la mañana que sigue al sueño…. Todavía, después de tantos años!! Nos hemos quedado, sin chistar, con la historia que nos han contado pero nuestra conciencia sabe que la otra historia está allí.
Esas imágenes borrosas, incoherentes, superpuestas nos interpelan cada vez con mas insistencia.
Cuando recuperamos la memoria no nos trae alivio, porque descubrimos con espanto lo que ocultamos en el arcón de las pesadillas.
No fue un sueño
El 25 de mayo de 1973 fue una terrible realidad que tenemos la obligación de recordar.
Esa mañana, la casa de gobierno amaneció resplandeciente. Rosa brillante, recién pintada y ordenada porque así correspondía.
Un nuevo gobierno se establecía inaugurando un nuevo ciclo en el país. El episodio merecía un festejo.
Terminaba un ciclo histórico y comenzaba otro.
Debía ser una fiesta de los argentinos. Era 25 de mayo, estaban todos los símbolos pero no lo fue.
Uniformes militares escupidos, coches volcados y quemados, gritos, corridas amenazas, desbordes y mucho olor a venganza… irrespirable, fétido olor a venganza.
A las 8 de la mañana ya estaba tomada la plaza de mayo. No se festejaba, estaban al acecho dando la imagen de una cacería. En la plaza brillaban las fogatas que luego se extenderían a los autos que ardieron en la calle.
Ese día, la bandera nacional no pudo ser izada porque, aunque la pesadilla recién comenzaba, ya era de temer. Los francotiradores de gargajos se ocuparon del capitán del ejercito encargado de la ceremonia.
Así empezó la fiesta.
Lanusse había citado a su gabinete a las 11. No faltó ninguno, a pesar del riesgo que significaba entrar a la casa de gobierno enfundado en un traje y corbata.
A las 11, la rosada ya era un gigante grafiti de consignas guerrilleras.
Adentro, la situación no era mucho mejor. Lentamente, el salón blanco se fue llenando de gente conocida pero todos amigos, familiares y conocidos de los que asumían el poder. Los otros no se animaron a entrar.
En el primer piso, los que entregaban el poder esperaban la llegada del presidente electo. Desde los balcones se veían claramente los primeros desmanes. Corridas, pedradas que hacían estallar vidrieras de comercios, dependencias oficiales y autos. La policía ni se movía. Todo el marco era parte del festejo porque los celebrantes los amenazaban, les gritaban en la cara y los escupían.
Las tropas militares que estaban en formación para el desfile tuvieron que replegarse y desaparecer luego de una lluvia de escupitajos y agresiones de palabra y hecho.
Los autos ardían bajo la impotente mirada de sus dueños inocentes…. Todo fue posible en medio de esa orgía vana.
Dentro de la rosada el clima de tensión también aumentaba segundo a segundo.
Entró Lanusse con tímidos aplausos y algún frenético silbido que no alcanzó para romper el aire de solemnidad.
El padre Mugíca haciendo la V, Irma Roy, Osvaldo Papaleo, muchos artistas con Solita Silveyra a la cabeza contribuyendo para dar marco.
Cuando entró Campora, comenzó el desborde con gritos, cantos ofensivos y gestos de revancha. Fue como si todas las personas educadas, que estaban conversando animadamente un minuto antes, se hubieran convertido en animales salvajes sobre una presa desgraciada.
No se tocó el himno. Con la banda presidencial y el bastón de mando se cantó la marcha peronista, con los brazos en alto haciendo la V. Gesto de triunfo y V de venganza, en aterradora ceremonia oficial que ya adelantaba lo que iba a pasar después.
Afuera, en la plaza, ya se hablaba del “compañero” presidente y todo estaba permitido. Los granaderos de la escolta del presidente fueron retirados y debieron protegerse detrás de la reja de hierro.
Adentro juraban los ministros. Entre ellos Lopez Rega.
Era como que la realidad se dividía en planos. Como si se desdoblara.
Dos mundos, uno real en el que los personajes se ajustaban a sus roles y otro producto de una imaginación febril.
¿Cuál de los dos mundos era el verdadero?
¿El del presidente Campora tomando juramentos de rigor… o el de los asistentes al acto que cantaban, insultaban, pedían revancha y alzaban las manos para identificarse con una sola de las partes de algo que debía ser de un todo?
Cuando terminó la ceremonia, las autoridades salientes no sabían como abandonar la casa rosada que fue bautizada y mancillada con el apodo de “casa montonera”.
El helicóptero de la fuerza aérea estaba listo en la terraza. Se embarcaron allí todos los ex funcionarios, menos el general Lanusse que se fue en auto hasta su casa en San Isidro.
¿Cómo salió? Nadie se explica, pero sin duda, si algo evitó que ese día se convirtiera en una tragedia, fue su serenidad, su prudencia y capacidad para aguantar agresiones verbales.
Desde ese momento, en que el Ford Fairlane se perdió de vista por avenida Del Libertador, toda la responsabilidad quedó en manos del nuevo gobierno.
Nadie supo nunca como ocurrió algo imprevisible, pero apenas las nuevas autoridades bajaron del estrado, el salón blanco se llenó de “jóvenes idealistas” vestidos con blue jeans y camperas abiertas que dejaban ver armas en las cinturas. Se apoderaron del escenario del traspaso presidencial y empezaron a saltar y cantar consignas que ya no eran frases hirientes ni ofensivas. Ahora eran verdaderos gritos de guerra!!!
Alguien cruzó el salón blanco con una gran bandera argentina como capa. La misma bandera que no dejaron izar en la plaza.
¿Qué héroe anónimo era ese sujeto como para merecer la gloria de vestirse con una bandera en ese lugar?
¿Qué nuevo orden era el que lo permitía?
Ese festejo parecía una invención de nuestros ojos pero era real. Estaban allí, gritando y saltando mientras ofendían y amenazaban. Rompiendo todo a su paso, abriendo las puertas para sumar la plaza al festejo, por horas hasta que la noche hizo que la vergüenza mudara de escenario hasta la cárcel de Villa Devoto y a todas las cárceles que abrieron sus puertas para que la fiesta fuera un río de sangre total.
Un gabinete para el recuerdo al que hay que hacer cargo.
Jorge Taiana-Educación, Jose Ber Gelbard-Economía, Juan Carlos Puig-Relaciones Exteriores, Antonio Benitez-Justicia, Ricardo Otero-Trabajo, Esteban Righi-Interior, José Lopez Rega-Bienestar Social
Todos socios participes necesarios de la historia que nunca nos cuentan.
Próximo capítulo: “La noche negra del 25” guerrilleros en libertad.
Hasta la próxima.
jmp
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