Recuerdo cuando Pablo Landa salía corriendo hacia la libertad al sonar de la sirena.
Le servía para zafar de la prueba de Filosofía de la Carmen Potenza o de una tarde de gabinete de físico- química bajo la batuta de “la gallega” Gallo. No lo atajaba ni el Chilín García. Se iba y se iba nomás.
La profesión de “bombero voluntario” supone una responsabilidad superior por la cual un grupo de estudiantes, mecánicos, electricistas, farmacéuticos o lo que seas en la calle, mediante un brevísimo paso por el destacamento y la trepada a la autobomba, te transforma en un personaje muy especial.
En esas épocas de colegio nacional, en donde nadie nos separaba entre oligarcas o nacionales y populares yo festejaba las prontas huidas de mi compañero bombero y en espíritu, me escapaba con él.
Claro, el zafaba, a mi me costaba un uno. En aquella época también existían las calificaciones, el respeto y ni en sueños podía ocurrir que una madre agrediera a un profesor. Otro país.
Un bombero es un tipo que en 3 minutos y medio puede saltar del laburo en el torno o de pasar unos cables en la obra de la esquina a tomar contacto cara a cara con la desgracia o con la muerte. Ellos siempre están allí. Tanto pueden rescatar un caballo que cayó en un pozo ciego como luchar a brazo partido con el demonio del fuego o bañarse con tu sangre para rescatarte de entre los fierros retorcidos que te mutilan en un accidente.
Hace unos años, tuvimos un shock muy fuerte en mi familia. Se prendió fuego el conducto de la chimenea y el fuego comenzó a enfurecerse y a bramar amenazando extenderse rápidamente por las cabreadas del techo. El machimbre de los cielorrasos empezó a dejar pasar el humo y antes de que mi mujer lo pudiera controlar se encontró en la antesala del infierno.
No pudimos hacer nada, la manguera del jardín estaba escarchada y se cortó al hacer fuerza para tratar de llegar con el agua arriba del techo para enfriar la zona. Nada podíamos hacer. Cuando yo llegué, me paralicé, nunca uno sabe como reaccionará en situaciones límite por más cerebral que seas.
Por suerte, un alma caritativa, tuvo la idea de llamar a los bomberos que llegaron casi en un santiamén.
Todos con uniforme, ordenados y respondiendo a una jerarquía que enseguida se puso en evidencia.
Rápidamente analizaron la situación y mientras el jefe nos contenía tratando de tranquilizarnos para sacarnos el pánico, a su vez, indicaba a su equipo los pasos a seguir con mucho profesionalismo.
Yo imaginaba destrozado el esfuerzo de toda una vida de trabajo y mi mujer estaba muy asustada.
Farias y su gente trabajaron con absoluta delicadeza, cuidando la casa como si fuera de ellos.
Siento tanta gratitud que todavía tengo la necesidad de contarlo.
Estas son las cosas que hacen que uno se reconcilie con la comunidad y con la condición humana de la gente de tu país.
Me hicieron sentir algo parecido a lo que sentí con el cirujano y los médicos que operaron a mi hija o el equipo que me atendió mientras estuve postrado en un quirófano del Favaloro.
A veces, es preciso sentirse vulnerable para tomar conciencia. Uno se hace un callo cuando se va acostumbrando despacio a este ambiente en el que reina la soberbia y la altanería de un discurso con tanta violencia. Para sobrevivir te vas creyendo omnipotente.
Esta vez, el fuego se encargó de bajarme de un hondazo.
Por suerte estaban los bomberos para rescatarnos, y gracias a ellos, quizás, hoy sigo teniendo una casa.
Me sirvió para acordarme de mi compañero Landa, de quien, en mi condición de vago, sospechaba de su espíritu de servicio.
Hoy que me tocó verlos en acción, me sentí mas cerca de mi antiguo compañero Pablo.
Suerte que están. Siempre están, llegan con la pala, el hacha, la manguera y te rescatan sin preguntar si sos kirchnerista o racional..
Que suerte que siempre están.
Gracias BOMBEROS. ¡¡¡Feliz día!!!.
Juan Martín Perkins
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