Cayó el hombre del sombrero.
Era un contador de historias de esas “pesadas” que pueden costarte la vida. El lo sabía y lo tenía asumido.
Dicen que al PERIODISTA Javier Arturo Valdez Cárdenas lo mató su coraje para publicar crónicas del narcotráfico. Dicen que lo mató una ráfaga de 12 disparos. Dicen y dirán por poco tiempo porque hoy apareció un audio del presidente de Brasil coimeando…. y chau… el mártir héroe periodista pasará al olvido en 3 días porque la noticia ya está en otro lado. Y hay que vender.
Lo cierto es que al periodista amable de sombrero no lo mató tal o cual cartel de Sinaloa. Lo mató el sistema. Todos los eslabones de la cadena lo fueron matando de a poco y hasta se puede decir que también lo mató la sociedad que lo abandonó.
La sociedad y sus gobiernos anestesiados que soportan y aceptan que eso sea corriente.
Decía Valdez y comparto porque se lo que es escribir crónicas y que te repudien y amenacen. Decía Valdez que al miedo inicial de sentarse a escribir una historia pesada, le sigue un mecanismo de cautela que raya en la autocensura… contra la que hay que luchar a capa y espada. Hay que hallar el resquicio para meter la historia cuando sea oportuno. Porque hace falta. Es necesario, alguien tiene que hacerlo para que la sociedad conserve la esperanza en que la verdad finalmente salga a la luz. Sino ¿qué nos queda? Pero la sociedad no siempre quiere la verdad.
Una anécdota de Valdez en un restorán de Culiacán, capital de Sinaloa, cuenta que “una vez entró el Chapo Guzmán y el lugar quedó sellado. Tu te quedas donde estás, comiendo como si nada hubiera pasado, pero no puedes usar el teléfono ni salir. Y nadie puede entrar. El Chapo paga las cuentas de todos y si te quieres ir y él todavía está allí, entonces los mozos le preguntan si puedes retirarte… Y te vas sólo si te deja el pinche cabrón”!!!
¿Quién mató a Valdez? ¿El Chapo o la sociedad que permite que le paguen la cuenta y le digan cuando se puede retirar?
Él yace en el pavimento de Culiacán bajo una manta y su sombrero, puestos sobre su cuerpo por un policía que no lo supo o no lo quiso proteger, como la sociedad.
El titular es “Hoy nos pegaron en el corazón”. Titular despojado y profundo pero mentiroso.
Al que le pegaron es a Valdez. A él solo y a su alma bajo el sol ardiente mejicano. Le pegaron por decir y hacer lo que vos no te animas ni a balbucear.
Los que se animan a contar las historias pesadas y pagan el precio por ello, NO SE LLEVAN TUS DEMONIOS.
Ellos, los que se animan, se van derecho al cielo. En cambio, los demonios se quedan acá, toditos con vos. Se quedan en cada verdad que traicionas con relato, en cada mentira, en cada revisionismo trucho, en cada silencio cómplice, en cada negación de la realidad, en cada especulación política, en cada acto corrupto…
Somos homicidas de nuestro propio futuro, decía Valdez en sus crónicas de víctimas con nombre y apellido.
No se mata a la verdad matando al mensajero. Sólo se la demora unos instantes… y se la engorda.
Como a las ideas que se postergan y se acallan hasta que les llega su momento de pasarte por arriba como una aplanadora.
Como sociedad debemos reflexionar sobre nuestra actitud para con quienes nos dicen la verdad, para con quienes ponen el cuerpo y dicen por nosotros lo que desconocemos o no nos animamos a reconocer.
Los diarios de Méjico lloran al contador de historias. Lloran lágrimas de cocodrilo mientras les pagan la cuenta y consultan si pueden salir del restorán.
Juan Martín Perkins
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