sábado, 21 de octubre de 2017

MAMAMA


 La conocí de niño, ya viejita. Mi abuela me llevaba a visitarla a su casa de la calle Concepción Arenal, en el barrio de la Chacarita. El tren le pasaba por el fondo del patio jardín de su primorosa casa. No tenía casi terreno, así que hizo una puertita en el fondo para cultivar en el terraplén de las vías del ferrocarril. Siempre recuerdo la huerta de Mamama; prolífica en todo tipo de verduras, que obsequiaba a quien la visitara.
Todos los domingos íbamos a almorzar sus ravioles, tallarines, canelones y Pascualina. Todo casero, amasado por sus manos ancianas sobre esa mesa de cedro, que protegía con un mantel de Hule pegado con chinches.
Todavía huelo el aroma a tuco… o el pesto!! El queso rayado a mano, vino italiano Nebbiolo o Asti Spumante del Piamonte en ese botellón con panza…
Era apenas un niño, pero son los recuerdos mas fuertes que tengo. Esos almuerzos conversados donde no había dispositivos móviles sabelotodos con pantalla táctil Android. Sin google, pero con familia y biblioteca. 
Creo que todavía no existía el cuaderno de espiral, pero ella sabía todo a fuerza de libreta, lápiz de carbón y conducta de lectura. Cantaba tangos de memoria, recitaba el Martín Fierro cuando nos peleábamos…”los hermanos sean unidos, es esa la ley primera…”, sabía tres idiomas y era una autodidacta total. Tejía y cosía para afuera y especialmente para casamenteras y cumpleañeras de toda la familia con una reputación de modista de lujo. Zurcía con un huevo de marfil. 
Me enseñó a imaginar como es bajar de un barco, con lo puesto y una muda en un bolsito, con un frío calado hasta los huesos y hambre, como lo hicieron muchos de nuestros bisabuelos.
La recuerdo como si fuera hoy. Siempre pidiendo que nos sirviéramos solo lo que íbamos a comer. Aborrecía tirar la comida porque había vivido la guerra en Europa y sabía lo que era comer ratas y racionar la miseria para mañana y pasado.
Su lema era trabajar trabajar y trabajar.
Enviudó casi niña pero hizo su casa en esa argentina que fuimos. Esa argentina en la que no te quedabas esperando que te asistan. Crió a sus hijos para que fueran doctores… y lo fueron. Uno jefe de policía, otro comerciante de autopartes y mi abuela, la mejor de todas, una genia que se casó con un doctor y me grabó a fuego, desde que nací, estos principios de superación.
¿Por qué cito hoy a Mamama, mami y a mi vieja? Ahora te contesto.
Mañana estamos votando… votamos, lo cual es un gran adelanto, pero lo hacemos en un país que todavía tiene todo por hacer. Todavía está en potencia porque siempre es una gran promesa. Promesa que siempre está por materializarse pero que nunca se cumple.
Nos metieron en la cabeza que debemos esperar la solución sin hacer esfuerzo. Porque es nuestro derecho y lo merecemos, nos han dicho los políticos durante 70 años. Nos mintieron. 
En esta argentina donde vivo ahora, precisamos muchas Mamama. Gente que se haga la casa con sus manos. Precisamos huertas, manos que amasen y cocinen, familias que conversen y lean. Chicos que aprendan de ejemplos domésticos y de una escuela que no siga un relato de división y odio.
De mi bisabuela conservo la mesa de cedro, la cuchilla grande con la que cortaba los tallarines cinta y la lasaña, la cómoda de su dormitorio, todavía quemada por las velas y, lo mas importante, conservo atada a su memoria la cultura del trabajo y el esfuerzo.
Estos simples objetos me recuerdan algo entrañable que representa todo nuestro potencial. Potencial que todavía no nos hemos dignado a expresar.
Mañana votamos, tengo la esperanza de que sepamos honrar la memoria de Mamama, mi bisabuela (y la de tantos), esa Tana del Piamonte que llevo en la sangre. Esa sangre que bajó de un barco y nos hizo el país que todavía no nos atrevimos a desarrollar.
Manos a la obra!!
Felices elecciones!!!
Juan Martín Perkins.


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