Imagina que en la madrugada del 3 de agosto de 1492 te subes a una cáscara de nuez, de esas que llaman carabela, señalas al poniente, sueltas amarras y te haces a la mar con 90 hombres y un plano de Ptolomeo del año 100.
El plan de navegación Colombino era muy sencillo, apoyado en la creencia, sin confirmar, de que la tierra era redonda y que el Océano entre Europa y Asia, por el oeste, era corto: ir hasta las Islas Canarias y a partir de éstas, practicar una navegación transversal hacia el Poniente usando los vientos alisios del NE.
El abandono del puerto de Palos de la Frontera se efectuó a las 8 horas, al amanecer, y es de imaginar que alguno de los grumetes embarcados cantaría el habitual saludo diario:
“Bendita sea la luz,
Y la Santa Veracruz
Y el Señor de la Verdad
Y la Santa Trinidad
Bendita sea el alba,
Y el Señor que nos la manda
Bendito sea el día
Y el Señor que nos lo envía”.
Arrebujados en el frío del amanecer, parientes, amigos y frailes decían adiós entre entristecidos y expectantes.
¿Volverían? ¿Descubrirían algo? ¿Entrarían en relación con gentes del Gran Khan? ¿Hallarían casas con tejas de oro? ¿Caerían al abismo las embarcaciones? ¿ Serían pasto de horribles monstruos? ¿Los apresarían los portugueses? ¿Volverían? Todo era interrogante.
Después del mediodía del jueves 11 de octubre la gente cobró ánimo y alegría porque las señales de tierra próxima resultaban evidentes: un junco verde, una caña y un palo, un madero labrado, una tablilla, una mata de hierba, un espino cargado de frutos rojos… la incertidumbre estaba a punto de concluir después de 2 meses de todo tipo de penurias
Las emociones van a ser tantas y tales que el almirante vive un día de 48 horas.
A las 11 de la noche salió por popa la luna en cuarto menguante. Sobre el horizonte, las dotaciones de los barcos contemplaban a Acuario, Altair, Vega y Saturno. A las dos de la madrugada la luna alcanzó por popa una altura de 40°, suficiente para alumbrar vagamente cualquier objeto en un área de 10 millas. Los vigías, desde su puesto, gritaban de continuo: “¿La veis? ¿No la veis?”
En ese momento, exactamente 2 horas después de la medianoche, surgió la tierra cual la Afrodita de Boticelli, emergiendo del mar. Desde “La Pinta”, la voz potente y emocionada de Juan Rodriguez Bermejo y el ruido de una lombarda, anunciaron la buena nueva.
Allí estaba, en medio de la oscuridad y en forma de islita, la ansiada India que resultó ser AMÉRICA.
Los barcos se pusieron a la capa y aguardaron excitados el amanecer. Estaban a 2 leguas. Amainaron todas las velas menos el Treo que es la vela grande sin bonetas. Temporizaron hasta la mañana del día viernes 12, en que llegaron a una isleta de Los Lacayos que se llamaba en lengua india Guanahani.
Cuenta la crónica del Almirante que “La Niña” era la Carabela mas velera, que navegaba delante de “La Santa María” y que el marinero que primero vio tierra fue Rodrigo de Triana, que navegaba con Martín Alonso Pinzón.
Tomo estos relatos de Hernando Colon (hijo del almirante) y Fray Bartolomé de Las Casas quienes escribieron los diarios de un viaje apasionante. Pretendo rendirle un homenaje de desagravio al coraje de aquella epopeya que cambió el mundo para siempre.
Recuerdo a mis maestros de historia, profesores Calvo e Irastorza y, en su memoria, recuerdo esa forma de enseñar ateniéndose a los hechos sin manipular los episodios históricos al antojo y conveniencia de un “revisionismo” interesado en inventar un relato para una facción política.
Tanto en España como en Argentina, Ada Colau y Cristina Kirchner, han intentado meterle piqueta a Cristóbal Colón… política de pigmeos, política mezquina e irrespetuosa con la verdad para dar testimonio progre de que la imbecilidad es internacional.
Hay un ejercito de vivos que cree que se puede descontextualizar y cambiar los hechos a conveniencia para obtener rédito político de corto plazo.
Bueno, ahí lo tienen a Colón repuesto sobre su pedestal en la Costanera Norte. Como está en Barcelona, al fondo de La Rambla contra los muelles del puerto. Siempre mirando y señalando al mar. Como una referencia que te recuerda cual es tu lugar, tu pálido punto azul, según la visión astronómica de Carl Sagán… y que no va a dejar de hacerlo aunque los “pigmeos de piqueta gatillo fácil” lo bajen del pedestal sin comprender, siquiera, que el almirante es un personaje de la historia universal.
Historia, no relato de pacotilla.
Juan Martín Perkins.
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