sábado, 25 de noviembre de 2017

ANOMALÍA HIDROACÚSTICA.


Hoy el país llora con dolor y busca responsables como si quemando a la bruja en la hoguera fuéramos a terminar con la brujería. Muy nuestro todo. Somos de “muerto el perro se acabó la rabia”.
Súbitamente descubrimos que estamos llenos de expertos submarinistas, expertos en presupuesto militar, expertos en armas, expertos en plataformas submarinas y en protocolos internacionales y ñañañañañañaña.
Ahora es tarde para el ARA San Juan, pero nunca es tarde para ser mejores aprendiendo de los errores.
La buena noticia, aunque nazca del dolor, es que esta “anomalía hidroacústica” nos obligará a poner el tema en debate, por fin. No se puede barrer bajo la alfombra una vez más.
Desde 1983 venimos educándonos en esta cultura, el lema fue: “Haga patria, mate un milico” y, bajo esta lógica, se ha llegado al límite de comparar a San Martín con Amado Boudou.
Hoy se puede ver en las redes todo tipo de expresiones patrióticas y patrioteras. La mayoría echan a la hoguera a un responsable. Casi todos refieren a lo económico presupuestario y, sobre todo, a lo ideológico.
Hoy no debería escribir sobre esto. Deberíamos hacer silencio por respeto piadoso, pero me ocurrió que escuché a la mujer de uno de los 44 tripulantes y ese testimonio tan valioso me obliga a rendirle un homenaje.
Hace mucho que leo y escribo sobre temas militares. Siempre me angustió la manera en que pretendemos resolver este complejo argentino.
Esta buena señora, ante la noticia cruel de la explosión del submarino, dialogaba con un periodista especialista en “dramas”.
Bazán, (canal 13) lanzó el golpe bajo para romper el hielo y conmover de entrada preguntando a la mujer cómo le comunicaría a su hijo que el papá estaba en el fondo del océano… (textual eh!!!)
La mujer, apenas exaltada teniendo en cuenta que acababa de recibir el triste parte, le contesta fría y secamente: No tuvimos hijos, no pudimos embarazarnos.
Fríamente, sin escándalo, la mujer prosiguió explicando que ella siempre temía por su marido cuando se embarcaba, pero él era muy feliz cumpliendo con su deber y además era un creyente católico que siempre cuidaba de estar en gracia y preparado para esta contingencia.
La señora le explicó a Bazán que un soldado sabe cuales son las reglas de juego y que la familia militar está preparada y educada para aceptar el destino en cumplimiento del deber al servicio de la patria.
Lo que me enfurece, dice la señora, es la mentira y la corrupción. Esto pudo haberse evitado si en 2014 no hubieran botado al submarino en estas condiciones. La trajeron a la presidente vivada por La Campora a inaugurar una carcaza repintada sin equipamiento y a medio terminar.
Yo le decía a mi marido que era suicida navegar así, atados con alambre, y él me contestaba que tenía que cumplir con su deber con la herramienta que tenía disponible.
Por alguna razón que desconozco, este audio radial no volvió a ser pasado al aire. Es decir, sé por qué no volvieron a pasarlo. Porque es absolutamente incriminatorio.
La mujer del marino desnudó una dolorosa e indignante metáfora de la Argentina. Y lo hizo a fuerza de dignidad. Porque le sacaron casi todo, pero ella conservó ese coraje digno y no se lo entrega a nadie.
La imaginé llorando después, en soledad, sin darle el gusto al periodista amarillo ni a los corruptos que se robaron todo y llenaron de deshonra, culpa y vergüenza a las nuevas generaciones de soldados que viven el escarnio y la discriminación por vestir un uniforme.
El plan fue macabro y efectivo y los resultados están a la vista. Aún hoy, con nuevo gobierno, se barre el complejo bajo la alfombra. Como cuando Lopérfido osó decir que no fueron 30.000.
El testimonio de esta mujer es una rareza porque en estos años se desalentó la tradición militar. Se convirtió a las FFAA y de seguridad en un conchavo o salida laboral.
Para “abuenarlos”, se instaló el “pobres muchachos, es un trabajo como cualquier otro”.
Fue una política de estado, la única que tuvimos creo, a lo largo de estos años.
A los apellidos sospechados de parentesco con alguien que haya participado en la guerra contra la subversión, se los bloqueó en los ascensos y poco a poco se los fue desplazando.
No se ven reclamos de familiares de muertos por la subversión, ni ex combatientes de Malvinas, pilotos héroes o marinos del General Belgrano. Será que callan por viejos conceptos de honor y dignidad militar donde la muerte y la cárcel se aceptan como parte de una elección de vida.
Hoy tenemos 44 argentinos en el fondo del mar. Son un grito callado que debemos saber interpretar.
Juan Martin Perkins.


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