domingo, 7 de abril de 2013

Hablando de Rugby...

Quiero contarles porqué no me gustaron los silbidos.
En el estadio mundialista de Mendoza se jugó el partido entre Los Pumas y Sprinboks y varios amigos compartimos los comentarios durante el partido por el chat de BB.
Creo que toda la barra disfrutó de un encuentro vibrante, intenso desde el principio hasta la pitada final.
No faltó el folklore futbolero. Si bien el Rugby es el deporte de rufianes practicado por caballeros, el marco de público tiene hábitos del deporte de caballeros practicado por rufianes.
Los gritos y silbidos cuando los sudafricanos ejecutaban una acción fueron una constante. A la nacional y popular.
El debate se planteó en el grupo de amigos y pude apreciar hasta donde está arraigada nuestra costumbre futbolera.
Algunos están de acuerdo en que todo vale cuando se trata de alentar al equipo.
Soy un buscador de emociones. Estaba esperando este partido porque creo en el espíritu de Los Pumas y veo en el Rugby una excelente oportunidad para unir a la gente y educarla con un ejemplo fuerte de cultura de la disciplina del esfuerzo.
Y digo que esperaba “este” partido porque era contra SUDAFRICA y en la formación de los 15 de Sprinboks figuraba un Piennar.
Springboks no es cualquier selección y Piennar no es un apellido cualquiera.
Nelson Mandela estuvo 27 años en Robben Island, en una celda donde no entraba acostado si no se hacía un ovillo. Salió convertido en el líder mas luminoso que yo haya estudiado y llevó adelante la titánica tarea de hacer una nación de un conglomerado de tribus que estaban por estallar en guerra civil.
Llegó a la presidencia de Sudáfrica con el país saliendo del “apartheid”, proceso de segregación racial atroz que dejaba resentimientos por daños “imperdonables” hacia las minorías blancas que habían dominado bajo el uso de la fuerza y el poder económico tantos años.
La luz del líder Mandela le mostró a su pueblo el camino para acceder a la reconciliación.
Sus compañeros de militancia y hasta su propia familia le pedían “memoria, verdad y justicia” pero el los convenció de que el camino era el perdón.
Durante los últimos años de prisión de “Madiba” los organismos internacionales de defensa de los derechos humanos obligaron a los países a condenar a los que no marginaran a Sudáfrica por la violación de estos derechos. El boicot tuvo un enorme efecto político, el aislamiento fue total.
Los Sprinboks se quedaron sin partidos porque dejaron de invitarlos y fueron perdiendo relevancia mundial.
Con Mandela ya presidente, su congreso votó por unanimidad para que se le saque a los Sprinboks la potestad de usar los colores nacionales y él fue personalmente al recinto a pedirles que revisaran su decisión. Cuando fue increpado por uno de sus diputados porque estaba contradiciendo lo que había pregonado durante tantos años, él respondió: “Si cuando me doy cuenta de que estuve equivocado no me permito cambiar… ¿Cómo puedo pretender que los demás lo hagan?” Los Sprinboks, finalmente pudieron conservar la verde oro. Mandela se dio cuenta de la oportunidad que había en el deporte de los blancos para integrar a su nación.
Lo convocó a Francois Piennar, capitán de un equipo sin posibilidades debido a la poca competencia que tenían por esa época gracias a las condenas del apartheid.
El Mundial era en Sudáfrica (1995) y Mandela le dijo a Piennar que debían ser los campeones del mundo (las apuestas decían que no pasaban los cuartos).
Según el libro de John Carlin, Francois Piennar se transformó para siempre ese día. El presidente negro le había servido el te y había sellado un pacto de honor. (el libro es maravilloso)
El lema fue “one team, one country” y la empresa se convirtió en una cuestión de estado.
Piennar, como Mandela, comprendió que los tiempos habían cambiado. El viejo sabio Mandela abrazó la causa de los Sprinboks y ayudó a Piennar a abrazar la causa de Sudáfrica.
Piennar, capitán rubio, educado en familia de cultura segregacionista sirvió para convocar a 43.000.000 de sudafricanos de todas las razas.
Mandela y Piennar pusieron a Sprinboks a entrenar en las calles, a dar talleres en las canchas de las villas, a tomar contacto con los “negros” (son el 80% de Sudáfrica y están separados, a su vez, en numerosas tribus) y se concentraron en el estado físico y en el “factor humano”.
Llegó el mundial y pasaron los Wallabys de Australia, Rumania, Canadá, Samoa y la blue de Francia para llegar a la final en el Ellis Park ante 70.000 personas que antes los silbaban y ahora los aclamaban abrazados.
Piennar y los suyos jugaban en tiempo suplementario después de empatar contra los All Blacks del crack maorí Lomu. Era un milagro.
Cuarenta y tres millones de almas, no importa de que tribu, le mostraron al mundo lo que hacen las acciones de 2 líderes “luminosos” que trabajan sobre el perdón y la reconciliación.
Hubo mucho más que rugby y huevos en el Ellis Park.
El drop de Joel Stransky selló la gloria que sí trajo la justicia a Sudáfrica.
El gladiador negro bajó de la tribuna enfundado en su verde oro y le entregó la copa al gladiador rubio que jugó en la cancha. Los dos con la camiseta n°6 habían jugado el mismo partido.
Mandela cumplió su mandato y se fue a su casa y Piennar se retiró en el 2000 y hoy vive en Ciudad del Cabo con su mujer y sus dos hijos, uno de ellos es ahijado de Nelson “gigante” Mandela.
Esta historia no tiene nada de novela. Lo que cuento es la pura realidad, tan real como el partido de ayer en Mendoza.
El rugby de Los Pumas tiene la frescura de lo que ha sido amateur. Es todo corazón, garra y esfuerzo. Para mí es un ejemplo de espectáculo honesto. Se juega con lealtad, a pesar de las fricciones y nadie engaña.
Ver un tackle de Roncero o una corrida de Hernandez bien vale la espera. Estamos en el buen camino.
Pero en nosotros pesa la acción de líderes “oscuros” que horadan con la “justicia vengativa” que deviene de la “memoria selectiva” para arribar a la “verdad tuerta”. Y así estamos silbando y gritando en las canchas, colgados de las alambradas peleados con la vida porque “la tenemos adentro”
Me pareció que el partido de ayer bien valía un homenaje a Nelson Mandela, Francois Piennar y a los Sprinboks. Era como para abstenerse de silbar. Era como para respetar como respetan Los Pumas, que juegan lealmente contra rivales que los superan en condiciones y en historia. Con humildad, lealtad y respeto.
466/64. Es el número que está tallado en la puerta de la celda en Robben Island. Hoy es un museo que visita todo el mundo.
Preso 446, ingresado en 1964, internado por 27 años completos. Son 9859 noches durmiendo en el piso sin colchón. Yo hice la cuenta.
Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años
me encuentra, y me encontrará, sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.
Este es el poema que recitó Mandela cada noche en que su espíritu flaqueaba, durante 27 años.
El rugby debe sentir orgullo de haber sido el brazo por el cual este líder luminoso le enseña al mundo a perdonar.
La paz sea con ustedes, viva el rugby y…. ¡Aguanten Los Pumas!!!!

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